Más cine, por favor - Episodio 5x01/ CINE SOBRE CINE, por Javier Quirce

 


Cuando la pantalla mira al espejo

 

Hay películas que cuentan historias y hay películas que, además, se preguntan qué significa contar historias. El cine, cuando se contempla a sí mismo, adquiere una dimensión distinta: deja de ser únicamente espectáculo para convertirse en memoria, reflexión y, en ocasiones, autopsia. El llamado «cine sobre cine» es también una forma de hablar de nuestros sueños, de la necesidad humana de fabricar imágenes y de la dificultad de distinguir entre la vida y su representación.

 

Pocas películas han penetrado tan profundamente en el lado oscuro de Hollywood como El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), de Billy Wilder. Norma Desmond vive recluida en una mansión donde el pasado se ha convertido en presente y donde las viejas glorias del cine mudo sobreviven como fantasmas. Su célebre afirmación —«Yo soy grande. Son las películas las que se hicieron pequeñas»— resume una tragedia: la incapacidad de aceptar que el tiempo también estrena películas nuevas y retira de cartel las antiguas.  Wilder construye una historia de decadencia, pero también un retrato de Hollywood como fábrica de ilusiones y trituradora de seres humanos. La cámara penetra en el lugar donde los sueños pueden convertirse en pesadillas.

 

Frente a la oscuridad de Wilder encontramos La noche americana (La Nuit américaine, 1973), de François Truffaut. Aquí el cine aparece como una aventura colectiva, llena de problemas, accidentes, romances, inseguridades y pequeños milagros. Truffaut muestra que hacer una película consiste, en buena medida, en intentar mantener en pie un sueño mientras todo alrededor amenaza con derrumbarlo.  El director Ferrand, interpretado por el propio Truffaut, representa al cineasta como alguien que vive entre dos mundos: la realidad cotidiana y ese territorio imaginario donde las historias adquieren una segunda vida. La película es, al mismo tiempo, homenaje y declaración de amor.

 

También Cantando bajo la lluvia (1952), de Stanley Donen y Gene Kelly, convirtió la transformación del cine mudo al sonoro en una extraordinaria comedia sobre Hollywood. Bajo sus canciones y coreografías se encuentra una verdad histórica: ninguna revolución tecnológica deja intacto el mundo que transforma.

 

Federico Fellini llevó todavía más lejos la reflexión con (1963), donde realidad, memoria, deseo y ficción se mezclan hasta resultar indistinguibles. El bloqueo creativo de Guido Anselmi se convierte en una metáfora del propio acto de crear.

 

Y quizá la película de nuestra vida podría resumirse en una sola pregunta: ¿por qué seguimos mirando una pantalla? Porque el cine conserva aquello que la vida destruye. Rostros, voces, calles, gestos, amores y fantasmas permanecen allí, suspendidos en una especie de eternidad artificial.  Por eso las películas sobre cine son algo más que películas sobre Hollywood. Son películas sobre la memoria. Sobre el paso del tiempo. Sobre nuestra necesidad de inventar mundos para soportar el mundo real.  Cuando el cine se mira en el espejo, en realidad somos nosotros quienes aparecemos al otro lado, como en otros títulos posteriores: Cinema Paradiso, The Artist, Mank, Mulholland Drive y Barton Fink.


por

Javier Quirce

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